jueves, 17 de agosto de 2006

1 DE AGOSTO

Mi espíritu se deleita en una armonía y una expansión que rozan el éxtasis; no ando, vuelo; el cuerpo pierde su pesadez, las tristezas se desvanecen: soy todo alma. Es mi recogimiento, mi hora de oración, mi orificio divino.
Ando lentamente, ya no vuelo; mi alma está cautiva, mi cerebro vacío a causa de los esfuerzos que realizo para descender al nivel de la niña.
Lo que me hace sufrir hasta el tormento son las profundas miradas llenas de reproche que me dirige, por que se imagina ser una carga antipática. Entonces, su pequeño rostro, abierto y luminoso, se oscurece, sus miradas se apagan, su espíritu se cierra, y me siento privado de la luz de esa niña derramada sobre mi alma tenebrosa. La abrazo, la llevo en brazos, busco flores y guijarros; corto una rama y simulo, jugando, ser una vaca que ella lleva a pastar.
Es feliz, se siente satisfecha, y la vida me sonríe.
*No comprendo por qué obedezco a esta niña; pero hay en su voz un acento al que no puedo resistirme...