martes, 18 de abril de 2006

O CRUZ, AVE SPES UNICA

Libérame. ¡Oh, Eterno! ¡Oh, Eterno! Apresúrate a acudir a mi socorro. Que sean confundidos y deshonrados quienes buscan mi alma para perderla; y que quienes hallan placer en mi desgracia sean arrojados para su confusión. Que quienes dicen de mí: “Ja, Ja” se vean consumidos, en castigo por vergüenza que me han hecho pasar.

Nada sucede en esté reino de la muerte; todos los días son parecidos, y la vida tranquila no se ve turbada más que por la incubación de los pájaros. Islote floreciente en medio del mar: se oye a lo lejos como un murmullo de olas. La isla de los Afortunados, un enorme patio donde los niños han reunido flores y juguetes, han trenzado coronas con las perlas recogidas en la ribera; han encendido velas adornadas con cintas, con chucherías... Pero los niños han emprendido la huida; el patio está desierto... Sin embargo, una mañana, en el mes de junio, advierto que una joven se pasea por la gran avenida. No iba vestida de luto y parecía esperar a alguien, echando miradas inquietas hacia la puerta principal, por lo que tanta gente entra para no volver a salir jamás.